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martes, 12 de diciembre de 2017

El País:Emerge en el cómic el submarino nazi más legendario


En plena búsqueda del submarino argentino ARA San Juan aparece en España un cómic en el que emerge el que seguramente es el sumergible desaparecido más famoso de la historia, el alemán U-47 que comandaba el capitán Günther Prien, sin duda el as de las profundidades más célebre de la Segunda Guerra Mundial. Se da la circunstancia de que el dibujante de U-47—un cómic espectacular, en el que se plasman magistralmente toda la emoción y todo el espanto de la guerra submarina— es argentino, Gerardo Balsa (Rosario, 1973).

Balsa (y valga también el apellido), que vive en Barcelona, considera una terrible casualidad la coincidencia y dice que sigue con especial interés y emoción las noticias sobre el desastre del ARA San Juan. "Cuando conoces bien lo que es un submarino y la vida a bordo eres muy consciente de lo espeluznante que resulta quedar atrapado y ahogarte en uno de esos ataúdes de acero", explica. Para dibujar U-47, que es una serie con guión de Mark Jennison y de la que de momento han aparecido en España, a la vez, dos títulos, El toro de Scapa Flow y El superviviente (publicados por Coeditum), Balsa se ha documentado tan a fondo sobre los submarinos, especialmente los del tipo VII B y otros modelos de la flota del III Reich, que, afirma, “podría andar a ciegas por dentro de uno”.

El U-47 es uno de los submarinos más legendarios de la historia, y su desaparición en 1941 con toda su tripulación durante el ataque a un convoy al sur de Islandia remachó su oscura celebridad. Nunca se ha sabido nada del buque, víctima de las cargas de profundidad, un accidente en inmersión o un torpedo defectuoso (suyo o de un colega). Con el U-47, Prien logró entrar en 1939 en el inexpugnable fondeadero de la Royal Navy en Scapa Flow y hundir el acorazado HMS Royal Oak, en una de las grandes hazañas de la Segunda Guerra Mundial. Condecorado por el propio Hitler con la recién acuñada Cruz de Caballero, Prien se convirtió en el icono del arma submarina y en un magnífico instrumento de la propaganda nazi.Lo bautizaron "el toro de Scapa Flow", lo que llevó a dibujar el emblema de un toro furioso en la torreta de su submarino.

En el primer álbum observamos cómo el U-47 se cuela en Scapa Flow bajo un cielo en el que destella sobre el lobo gris de la Kriegsmarine la aurora boreal (fue así de verdad), para torpedear al gigantesco navío enemigo, en el que murieron novecientos marinos. La trama sigue más o menos los derroteros históricos hasta el hundimiento del U-47 que en el cómic no es tal: el sumergible se salva mediante un ardid y a partir de entonces participa en misiones secretas imaginarias a lo largo de la guerra, como el intento de apoyar la fuga de prisioneros alemanes de un campo en Norteamérica.

La operación editorial de reflotar al U-47 se parece a la efectuada con el Barón Rojo y su Fokker triplano en otro cómic de actualidad: rescatar una historia y un personaje para dotarlos de nueva vida. "La idea fue de la editorial francesa Zéphir, en la consideración de que había bastante cómic de aviones pero muy poco de submarinos”, apunta Balsa; “formamos ese equipo con Mark y el colorista Nicolas Caniaux, y ha funcionado tan bien que en Francia hay publicados 11 títulos de la serie y ya estoy acabando el 13, que transcurre en febrero de 1943. El hecho de que el U-47 desapareciera nos da libertad para inventar”. ¿Alguna misión en Argentina para rizar el rizo de la nacionalidad del dibujante? "De momento no; en realidad, los submarinos del modelo del U-47 no tenían suficiente autonomía para llegar, aunque podríamos hacer que repostara en alta mar".

Prien, nazi convencido y mimado de Doenitz, que lo llamaba cariñosamente Prüntje, no es un personaje muy simpático (no lo era ni para su tripulación). “Es cierto, y era canijo, pero nosotros le hemos dado una vuelta de tuerca convirtiéndolo en un individuo apolítico y con el aspecto de viejo lobo de mar que él no tenía”. El dibujante dice que en todo caso no les preocupa quién fuera el Prien real: “Este cómic es ficción y no pretende ser una biografía de Prien sino solo aventuras bélicas en submarino”.

La veracidad en cuanto a los submarinos está garantizada. “Eso sí, la fiabilidad en lo técnico es total, hemos tenido como asesor a un almirante francés que sirvió en submarinos, y te aseguro que sé para qué sirve cada manivela del sumergible”. Los álbumes incluyen una segunda parte tras los dibujos en las que se presentan dosieres históricos con fotografías sobre la U-Bootwaffe, la fuerza submarina alemana.

¿Qué es lo más difícil de dibujar de un submarino? “El submarino en sí no es difícil, es paciencia y documentación; el desafío de verdad es dibujar a los marinos que están dentro”.

Al comparar los sumergibles de la Segunda Guerra Mundial con los actuales, Balsa señala que “han ido evolucionando muchísimo, tendrían que ser más seguros, aunque mira lo que pasó con el Kursk en 2000. Es espeluznante, pero la muerte, y de la peor especie, está siempre ahí cuando se trata de submarinos”.

lunes, 11 de diciembre de 2017

EL Mundo:David Rubín, el chico de oro del cómic en EEUU


La Navidad de 1992, es decir, la Navidad de hace 25 años, los niños y no tan niños de todo el mundo cruzaron la primera línea roja entre realidad y ficción que se planteó en el mundo del videojuego. Un par de tipos de Illinois, Ed Boon y John Tobias, que primero fueron chavales de Illinois, que jugaron a recreativas y a, claro, el famoso Street Figther (juego de lucha a dos en el que las patadas voladoras y los golpes martillo pertenecían, aún, al terreno de la ficción), comercializaron su más famoso título hasta la fecha: Mortal Kombat. Para aquellos que no estéis familiarizados con los videojuegos, y mucho menos con los videojuegos de lucha noventeros y que aunque estéis al día de polémicas de todo tipo, se os pasara en su momento, os diremos que si Mortal Kombat hizo correr ríos de tinta fue porque por primera vez en un videojuego de lucha: 1) Los tipos que aparecían no eran muñecos, sino tipos que parecían haber sido grabados el día anterior en su casa con un traje de ninja; y 2) Que el juego incluía un modo especialmente violento en el que podías arrancarle literalmente la cabeza a tu rival después de derrotarle y, con la cabeza en cuestión, iba su columna vertebral entera. Todo tan realista que asustaba. Por entonces, claro. Estamos hablando de la era Súper Nintendo. Consolas de 16 bits. Pero ¿alguien tiene ni la más remota idea de por qué surgió aquel videojuego en aquel momento?

La cosa fue así: al parecer, el realismo de Mortal Kombat no fue intencionado, sino más bien un error de cálculo. Los desarrolladores (Boon y Tobias) estaban haciendo el videojuego del clásico de acción de Roland Emmerich Soldado Universal pero en el último momento el estudio no lo vio claro y dejó al tándem de creadores con la idea en el aire y los personajes a medio desarrollar. De hecho, se dice que claramente uno de los personajes, Johnny Cage, se basa en el tipo al que Jean-Claude Van Damme interpreta en la película. Sea cual sea el caso, Mortal Kombat inauguró, de alguna forma, la polémica del hasta qué punto puede ser un videojuego realista teniendo en cuenta que se dirige a un público que no tiene por qué diferenciar aún realidad entre ficción. El error entonces fue creer que el público de Mortal Kombat era el mismo que el de Super Mario Bros, un error que sigue cometiéndose hoy, cada vez que se publica una nueva entrega de Grand Theft Auto. Efemérides al margen, el éxito de Mortal Kombat fue tal que dio lugar a una franquicia que sigue aún viva hoy: hasta Jeff Lemire ha guionizado un número de Mortal Kombat X, la versión cómic del clásico sangriento de la lucha cuerpo a cuerpo. Jeff Lemire, que acaba de lanzar un spin-off de su exitoso Black Hammer que tiene un curioso punto de partida a lo Mindhunter, la serie de David Fincher, y cuenta con nada menos que David Rubín como dibujante.Podría decirse que Lemire es el más indie (y el más interesante) de los guionistas norteamericanos que militan hoy en Marvel. Pero es que no sólo trabaja para Marvel. También hace cosas por su cuenta. Cosas con Scott Snyder (After Death) que, de tan fascinantemente experimentales, deberían calificarse de artefactos, a medio camino entre el cómic y el relato, más allá de la idea de novela gráfica, y cosas con Dark Horse, el sello que acoge algunas de las aventuras nerds de Peter Bagge (el mismo Apocalypse Nerd), como el presente Sherlock Frankenstein, serie limitada para la que el gigante de la viñeta independiente estadounidense ha llamado a filas al cada vez más internacional Rubín, cuya carrera despegó hace exactamente una década (al cumplir los 30) cuando ganó el Premio a Autor Revelación en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona por La tetería del oso malayo (Astiberri). No hace ni un año que Rubín desembarcaba en Dark Horse de la mano de Matt Kindt, guionista de Ether, serie que acabó publicando Astiberri. Y Astiberri editó también Black Hammer en España, la serie de la que parte Sherlock Frankenstein. Lo que ocurre en Black Hammer es que seis ex superhéroes de lo más extravagantemente excéntricos viven atrapados en una granja en mitad de la Nada más absoluta, en mitad de un tiempo al que no pertenecen, después de que en el mundo real haya ocurrido algo horrible, y se les haya dado por desaparecidos.



'Mortal Kombat' fue el primer videojuego sanguinariamente polémico de la Historia, y ahora que cumple 25 años aprovechamos para recordar que lo fue por un error de cálculo: iba a ser el primer videojuego de lucha a dos basado en una película. El éxito fue tal que la franquicia sigue viva. Hasta el mismísmo Jeff Lemire ha guionizado cómics para ella, antes de fichar a David Rubín para su flamante y aún por llegar 'Sherlock Frankenstein'.

La Navidad de 1992, es decir, la Navidad de hace 25 años, los niños y no tan niños de todo el mundo cruzaron la primera línea roja entre realidad y ficción que se planteó en el mundo del videojuego. Un par de tipos de Illinois, Ed Boon y John Tobias, que primero fueron chavales de Illinois, que jugaron a recreativas y a, claro, el famoso Street Figther (juego de lucha a dos en el que las patadas voladoras y los golpes martillo pertenecían, aún, al terreno de la ficción), comercializaron su más famoso título hasta la fecha: Mortal Kombat. Para aquellos que no estéis familiarizados con los videojuegos, y mucho menos con los videojuegos de lucha noventeros y que aunque estéis al día de polémicas de todo tipo, se os pasara en su momento, os diremos que si Mortal Kombat hizo correr ríos de tinta fue porque por primera vez en un videojuego de lucha: 1) Los tipos que aparecían no eran muñecos, sino tipos que parecían haber sido grabados el día anterior en su casa con un traje de ninja; y 2) Que el juego incluía un modo especialmente violento en el que podías arrancarle literalmente la cabeza a tu rival después de derrotarle y, con la cabeza en cuestión, iba su columna vertebral entera. Todo tan realista que asustaba. Por entonces, claro. Estamos hablando de la era Súper Nintendo. Consolas de 16 bits. Pero ¿alguien tiene ni la más remota idea de por qué surgió aquel videojuego en aquel momento?La cosa fue así: al parecer, el realismo de Mortal Kombat no fue intencionado, sino más bien un error de cálculo. Los desarrolladores (Boon y Tobias) estaban haciendo el videojuego del clásico de acción de Roland Emmerich Soldado Universal pero en el último momento el estudio no lo vio claro y dejó al tándem de creadores con la idea en el aire y los personajes a medio desarrollar. De hecho, se dice que claramente uno de los personajes, Johnny Cage, se basa en el tipo al que Jean-Claude Van Damme interpreta en la película. Sea cual sea el caso, Mortal Kombat inauguró, de alguna forma, la polémica del hasta qué punto puede ser un videojuego realista teniendo en cuenta que se dirige a un público que no tiene por qué diferenciar aún realidad entre ficción. El error entonces fue creer que el público de Mortal Kombat era el mismo que el de Super Mario Bros, un error que sigue cometiéndose hoy, cada vez que se publica una nueva entrega de Grand Theft Auto. 

Efemérides al margen, el éxito de Mortal Kombat fue tal que dio lugar a una franquicia que sigue aún viva hoy: hasta Jeff Lemire ha guionizado un número de Mortal Kombat X, la versión cómic del clásico sangriento de la lucha cuerpo a cuerpo. Jeff Lemire, que acaba de lanzar un spin-off de su exitoso Black Hammer que tiene un curioso punto de partida a lo Mindhunter, la serie de David Fincher, y cuenta con nada menos que David Rubín como dibujante.Podría decirse que Lemire es el más indie (y el más interesante) de los guionistas norteamericanos que militan hoy en Marvel. Pero es que no sólo trabaja para Marvel. También hace cosas por su cuenta. Cosas con Scott Snyder (After Death) que, de tan fascinantemente experimentales, deberían calificarse de artefactos, a medio camino entre el cómic y el relato, más allá de la idea de novela gráfica, y cosas con Dark Horse, el sello que acoge algunas de las aventuras nerds de Peter Bagge (el mismo Apocalypse Nerd), como el presente Sherlock Frankenstein, serie limitada para la que el gigante de la viñeta independiente estadounidense ha llamado a filas al cada vez más internacional Rubín, cuya carrera despegó hace exactamente una década (al cumplir los 30) cuando ganó el Premio a Autor Revelación en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona por La tetería del oso malayo (Astiberri). No hace ni un año que Rubín desembarcaba en Dark Horse de la mano de Matt Kindt, guionista de Ether, serie que acabó publicando Astiberri. Y Astiberri editó también Black Hammer en España, la serie de la que parte Sherlock Frankenstein. Lo que ocurre en Black Hammer es que seis ex superhéroes de lo más extravagantemente excéntricos viven atrapados en una granja en mitad de la Nada más absoluta, en mitad de un tiempo al que no pertenecen, después de que en el mundo real haya ocurrido algo horrible, y se les haya dado por desaparecidos.


La hija de uno de ellos, una periodista llamada Lucy Weber, los anda buscando. Harta de buscar en los lugares no indicados, Lucy ha decidido pisar todo tipo de centros penitenciarios para interrogar a los villanos más peligrosos con el fin de dar con Sherlock Frankenstein, el súper villano. Y he aquí el punto en común con la serie de Fincher, que, por cierto, esta semana ha renovado por una segunda temporada que, de hecho, tenían clara desde el principio, sino ¿a qué viene ese tipo del bigote que hace nudos marineros y que sirve de apertura a cada uno de los capítulos de la primera, pero del que nada se sabe al cierre de ésta? Cruzaremos los dedos para que las que en dicha segunda temporada las chicas también pregunten, y Hannah Gross haga algo más que entretener a Holden e ir al supermercado.

domingo, 10 de diciembre de 2017

El País:La exagerada vida de Blasco Ibáñez, en un cómic



La exagerada biografía de Vicente Blasco Ibáñez —escritor, inventor del best seller, guionista de Hollywood, periodista, editor, político, agitador de masas, diputado, preso, exiliado, duelista, fugaz masón y abogado todavía más breve— da vida desde este viernes a un cómic dibujado por Cristina Durán con guion de Miguel Ángel Giner Bou, autores, entre otras obras de Una posibilidad entre mil, La máquina de Efrén y Cuando no sabes qué decir.

El cómic, un encargo del Ayuntamiento de Valencia con motivo del 150 aniversario del nacimiento del novelista, recorre su vida desde su nacimiento en la calle de la Jabonería nueva —hoy, Editor Manuel Aguilar—, a tiro de piedra del Mercado Central, entonces el corazón de la ciudad, y el regreso de sus restos a Valencia, en 1933, ya con el Gobierno republicano en España, cinco años después de su fallecimiento en Fontana Rosa (sur de Francia).

Un Blasco dibujado muy pequeño junto a una barricada de adoquines afirma que su "primera emoción" fue ver en la calle a los milicianos republicanos federales en 1869, en los agitados tiempos que siguieron a la revolución conocida como La Gloriosa.

Como le sucede a muchas personas cuando observan de cerca la trayectoria de Blasco, Durán ha contado que la fase de documentación le impactó: "He acabado obsesionada con él, enamorada de todo lo que hizo. Hasta soñé un día con su voz después de haber leído tantas veces lo buen orador que era", ha afirmado durante la presentación de Vicente Blasco Ibáñez, una vida apasionante en la casa museo del autor, en Valencia.

El personaje hubiera dado para hacer un cómic de 300 o 400 páginas —el editado tiene 52—, dadas las tres o cuatro vidas en una que encarnó Blasco, ha afirmado Giner Bou, socio creativo y marido de Durán. "Nuestro objetivo ha sido que no fuera un libro de texto, sino encontrar un punto que permitiera entrar en la vida de Blasco Ibáñez con más pasión y atraer a las generaciones más jóvenes". Para ello, ha utilizado la relación entre un abuelo pescador y su nieto, un recurso que ha calificado como propio de Hemingway.
El cómic, que comprime en fogonazos la vida de Blasco, relata su empeño revolucionario: su credo republicano, contrario a la tradición de los caciques y anticlerical. Cómo concibió el periodismo y su faceta de editor como instrumentos de difusión de sus ideas políticas. Y el precio en términos personales que pagó, incluido el atentado del que fue víctima en Valencia, perpetrado por los sorianistas, un grupo de republicanos rivales, y el tiro en la pierna que le disparó un redactor del diario La Correspondencia Militar.
El novelista, narra el álbum, tuvo a la literatura como una actividad inicialmente secundaria, a la que se dedicaba sobre todo cuando no podía hacer otra cosa por estar en la cárcel, escondido de la policía o en el exilio, que experimentó varias veces. "Todos los hombres con talento tienen dos patrias: una, donde nacieron; la otra es Francia", escribió Blasco

Éxito irresistible

Pero desde La barraca —originalmente un cuento titulado La venganza moruna—, publicado como folletín en su periódico El pueblo, en 1898, su éxito fue irresistible. Se convirtió en una celebridad en España, Francia —donde fue distinguido como comendador de la Legión de Honor—, Argentina y Estados Unidos. En este último país, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, con la Primera Guerra Mundial de telón de fondo, llegó a ser el libro más leído después de la Biblia. Y su adaptación al cine, en una superproducción que tuvo al galán Rodolfo Valentino de protagonista, le abrió las puertas de Hollywood.

El cómic dedica un par de páginas a su aventura argentina, donde, sobre terrenos que le regaló el Gobierno, fundó dos colonias, Cervantes y Nueva Valencia, a la que llevó a trabajar a agricultores valencianos. Blasco renunció a su empresa tras invertir cinco años —en los que no escribió— y su fortuna.

En enero, dentro de las iniciativas para conmemorar el aniversario, se presentará la edición de Flor de mayo con las ilustraciones que el pintor Josep Segrelles (1885-1969) hizo para la novela, ha señalado la concejal de Cultura, Glòria Tello. También se va a introducir un "nuevo discurso expositivo" —que falta le hace— a la casa museo del autor, una réplica del chalet original situado frente a la playa de la Malva-rosa.

sábado, 9 de diciembre de 2017

ABC:Art Spiegelman: «Picasso es un dibujante de cómic»


«¡Exijo análisis de sangre!», ha respondido con sorna en alguna ocasión Art Spiegelman (Estocolmo, 1948), cuando se le acusa de ser el padre de la novela gráfica. El término no le convence y lo ha visto como un intento de dar una respetabilidad al cómic que debería tener por sí mismo. Lo que no puede negar es que su libro «Maus», completado en 1991, abrió una nueva era para el género. La historia de cómo su padre sobrevivió a Auschwitz es una obra que ha entrado en el canon artístico del siglo XX, por sus innovaciones formales y por el impacto de refrescar la tragedia del Holocausto a generación tras generación. Spiegelman habla pegado a su cigarrillo perenne con ABC en Nueva York, donde se crió y todavía vive, pocos días antes de visitar el Museo Reina Sofía, en Madrid. Allí dará una conferencia con motivo de la muestra que el museo dedica al dibujante George Herriman.

Buena parte de sus historias personales tienen a Nueva York de fondo, donde ha vivido desde su infancia. Y en ocasiones, es la protagonista, como en su libro sobre el 11-S. ¿Cuál es su relación con la ciudad?

La odio y la amo. Siempre he dicho que la odio, pero que si alguien me encuentra otra «Nueva York», me mudaría allí mañana mismo. Vivo en el SoHo, que es algo así como «donde la gentrificación se retira para morir»… Es un lugar precioso, con edificios viejos que eran fábricas en el siglo XIX, pero dentro de ellos es como un maldito centro comercial de aeropuerto.


Dentro de poco viaja a Madrid, dentro de la programación de la muestra sobre George Herriman en el Reina Sofía. ¿Cuál es su relación con este dibujante?
Fue una influencia para mí incluso antes de que lo estudiara a fondo y lo absorbiera. Era algo que yo intuía que debía existir: un cómic que fuera algo más que un chiste en un periódico, que obtuviera un respeto que no había habido en el cómic. La gente lo leía porque les hacía reír, pero también porque había algo más que eso. Desde que supe que quería ser dibujante, desde muy pequeño, entendí que en el cómic había esa urgencia que ya representó Herriman.

¿Recuerda cómo fue su primer contacto con el cómic? ¿Fue una atracción visceral?
No fue racional, eso está claro. Todavía estoy tratando de convertirme en alguien racional. Fue puro amor a primera vista. Hay una escena en «Breakdowns», un libro en el que recopilé mis mejores creaciones de los años 70, en el que aparezco de niño en una tienda con mi madre y mis ojos se quedan pegados a un tebeo, con una portada de una mujer monstruosa que me cautivó. Convencí a mi madre de que me lo comprara y lo estudié, lo releí, copié los dibujos, absorbí el sentido del humor, muy subversivo para un niño. Lo estudiaba igual que otros niños estudiaban el Talmud.

¡Totalmente! Para mí, Picasso, en el fondo de mi corazón, es un dibujante de cómic. Y lo digo como el mayor elogio. Si fuera un cómic, Picasso representa la transformación del arte en el siglo XX, es su icono. Y su arte tiene una especie de intensidad en la exageración que yo asocio con el cómic.

¿En qué ve esa relación entre Picasso y el cómic?

Cuando yo era joven era una especie de «snob guarro», cualquier cosa que sonara a cultura establecida lo rechazaba. Eso cambió con mi amistad con el cineasta experimental Ken Jacobs, que me educó sobre arte. Me decía «mira, Picasso es solo otro capullo, como tú, metido en un estudio, que se masturba, pinta…» Me hizo verlo como un dibujante de cómic, como alguien que compone paneles rectangulares muy buenos, con caras exageradas que te hacen sentir gozo, rabia o pena y que puedes observar durante tanto tiempo como una viñeta, sentarte, contemplar, y descubrir más y más cosas. El arte tuvo que descubrir qué era cuando dejó de ser como una fotografía, y en los últimos tiempo los cómics han tenido que descubrir qué es lo que son cuando han dejado de ser simplemente la principal forma de entretenimiento para niños.

En esa transformación del cómic, su obra más conocida, «Maus», ha sido crucial.
Yo crecí con las sombras de Auschwitz en las caras y en las conversaciones de mi familia. Ni siquiera me podía imaginar que hubiera gente que no conociera la historia. Había pasado un tiempo experimentando formalmente con el cómic, viendo qué podría ser más allá de un chiste. En 1972 hice una versión corta, de tres páginas, de «Maus». Lo hice porque era un material importante para mí, como el escritor que escribe de lo que sabe. Cuando cumplí los 30 años sentí que tenía la necesidad de hacer algo que justificara mi vida si de repente moría en un accidente de moto, como estaba convencido de que iba a suceder. Y pensé que lo más difícil que podía intentar era una versión larga de «Maus», hablar con mi padre y detallar toda su historia. Lo que estaba en mi mente era un libro largo de cómic que necesitara un marcapáginas, que pudieras volver a él, no de leerlo una vez y tirarlo. No supe que tardaría trece años en acabarlo y que me seguiría el resto de mi vida.

Ha dicho que «Maus» se ha tergiversado en muchas ocasiones.
El libro se usa como catecismo, como una lección: «debéis ser buenos los unos con los otros». Y mi intención no era tanto explicar qué pasó, sino demostrar cómo se podía contar una historia con imágenes abstractas, mi prioridad era la experimentación formal, la composición de páginas. Hoy en día parece que cada año en los «Oscar» hay un premio a «mejor película sobre el Holocausto». No era así cuando hice «Maus». Buscaba crear algo anómalo y ahora es un género en sí mismo.

Ha pasado un año desde la victoria electoral de Trump, ¿cómo lo ha vivido?
Ha sido horrible, el año más largo que recuerdo. Con Reagan y Bush ya pensé marcharme del país, pero aquello parece ahora los buenos viejos tiempos, cuando los asesinos eran hombres de estado sofisticados.

La imagen de neonazis en Charlottesville, desfilando con antorchas, parecía sacada de «Maus».
En efecto, parecía una viñeta. Pero debo decir que cuando yo era joven había un pequeño partido nazi en EE.UU. que decidió manifestarse en las calles de un pueblo de Illinois donde vivían muchos supervivientes del Holocausto y yo no me opuse. Hay que proteger la libertad de expresión. Se debe poder decir cualquier cosa. Quizá soy un optimista, pero las mejores palabras al final ganarán. El problema es que en Charlottesville les dejaron ir armados y eso ya no es una conversación en igualdad.

«Maus» ha sido el único cómic en llevarse un Pulitzer, ¿cree que lo han merecido otros?
El cómic ha florecido tanto que me cuesta estar al día. Alguien que lo merece es Emil Ferris, por «Mi cosa favorita son los monstruos»; otro se lo daría a Chris Ware por imaginar un mundo tan creativo y evocador; bueno, y también a Robert Crumb, que ahora es políticamente incorrecto, pero cambió el cómic, y le daría otro a… Bueno, ¡si yo estuviera a cargo os dejaría a los periodistas sin premio!

viernes, 8 de diciembre de 2017

La Vanguardia:Recuperada una obra perdida de Jan, el dibujante de Superlópez


No pasa cada día que se recupere una obra considerada perdida. Una obra de la que se conocía su existencia pero a la que se le había perdido el rastro. Ocurrió con 25 minutos del filme Metrópolis, de Fritz Lang, y con 149 canciones de Bob Dylan que se encontraron en un apartamento de Nueva York, cuatro décadas después la grabación. Son hallazgos tan excepcionales como valiosos. Y cuando ocurren, la alegría es grande.

Los aficionados a la historieta sabían que en la bibliografía de Juan López, Jan (Toral de los Vados, León, 1939), uno de los autores más importantes del país, faltaba siempre un álbum, pues los originales se perdieron antes de su publicación. De la obra solo se sabía el título, lo que multiplicaba su aura de leyenda: Don Talarico. El castillo encantado.

Se trata de una historieta larga, de 43 páginas, que Jan entregó a la revista Strong en 1971 con la mala suerte que ésta cerró a los pocos días. Y ahí empieza otra aventura: el álbum no se publicó y los originales no volvieron jamás a manos del autor pese a sus reclamaciones. El Banco de Madrid se los quedó como garantía de la deuda de la revista.

Don Talarico retrata con humor los siglos de la Reconquista de la Península Ibérica, revisando críticamente la visión que el franquismo dio de esa lucha contra el dominio árabe en la Península. El protagonista, con andares algo quijotescos, es un guiño al Guerrero del Antifaz, exitosa serie de cuadernos de historieta durante los años de posguerra.

Cinco años atrás se publicó un primer álbum del personaje de Jan, una recopilación de 12 historietas cortas: Don Talarico (Amaníaco Ediciones, 2012). Un volumen pacientemente restaurado por el editor, Jordi Coll, a partir de los ejemplares del semanario Strong. Tras esa experiencia nació la idea de recuperar lo que parecía irrecuperable: el álbum perdido del personaje. “El proyecto surgió por casualidad. Fue el mismo Jan quien, mientras miraba cómo había quedado el primer álbum, me habló de esa aventura que jamás se publicó y de la que tampoco le habían retornado los originales”, explica Coll.

Jan conservaba algunas desvaídas fotocopias del proyecto original, “pero la calidad era muy mala”, remarca el editor. Estaban mal impresas, no reproducían la página entera (los originales eran demasiado grandes para esas viejas máquinas) y, además, faltaban por completo las últimas 11 páginas, de las que en el mejor de los casos había un esbozo de guión.

Contento con la recepción del primer volumen, el padre de Superlópez se animó a recuperar lo que ya había dibujado 45 años atrás: redibujó las viñetas fotocopiadas, completó fragmentos de páginas que faltaban, y elaboró de nuevo aquellas de las que no había ni rastro.

En declaraciones a La Vanguardia, Jan explica que no le fue difícil adaptarse al estilo que tenía en 1971: “Soy versátil porque provengo de una escuela de dibujos animados orientada a la publicidad, lo que significa que para cada encargo tenía que inventarme un estilo adecuado al tema o anuncio. Me resulta fácil retomar ese estilo aunque por experiencia y oficio algo cambiaría. Es normal”. El principal reto estaba en la parte final del álbum, que abordó “sin apenas pistas de cómo las había hecho hace tantos años”.

Como ocurre en Superlópez o en Pulgarcito –otra de sus creaciones más populares–, Don Talarico está rodeado de un sugerente grupo de secundarios. “Cuando me invento un personaje no olvido que he de dotarle de un mundo propio, o sea secundarios que le den el contrapunto, de lo contrario sería un monologo”, asegura Jan. En este caso, destaca el seductor y enamoradizo Don Mendo o el fracasado mago Melón. “Los secundarios tienen que tener su personalidad propia para interactuar entre todos ellos –explica el autor– y además eso los hace aptos para capitanear el relato si se tercia. No concibo secundarios pasivos”.

Publicado también por Amaníaco Ediciones y con notas del crítico Toni Guiral, Don Talarico. El castillo encantado contiene divertidos anacronismos y diálogos escritos con un castellano antiguo macarrónico. Jan dibuja con una línea dulce y redondeada, sus personajes son dinámicos y elásticos, como de goma. La composición de la página es más libre que la que se usaba en Bruguera y la historia que se cuenta va aumentando poco a poco de intensidad hasta culminar con las escenas del asalto al castillo, con algunas de las viñetas más atractivas visualmente.

Es fácil encariñarse con el personaje de Don Talarico, aunque el autor marca distancia: “Yo, en realidad, no le tomo cariño a los personajes: los utilizo como medio para contar mis historias y son las historias lo que me importan. Si doy esa sensación es porque lógicamente trato de que el lector se identifique con el personaje, para poder seguir contando mis historias con él”.

Tras la reedición restaurada de las aventuras cortas y la exhumación de este Don Talarico. El castillo encantado, Jan no descarta que pueda existir un tercer álbum con una historieta completamente nueva: “Desde luego, me gustaría continuar sacando aventuras de Don Talarico pero eso depende del tiempo que disponga, pues el Superlópez me ocupa casi todo el año… pero todo es posible”.

Junto con Francisco Ibáñez, padre de Mortadelo y Filemón, Jan es uno de los más célebres autores de la llamada Escuela Bruguera (en honor a la vieja editorial del mismo nombre), junto con Escobar, Peñarroya, Jorge, Cifré o Raf. Por su trayectoria, Jan recibió el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona en 2002. A finales de 2015 rechazó la Medalla de Oro al Mérito en Bellas Artes del ministerio de Cultura “por ética personal” ante “las circunstancias sociales y políticas actuales”.

jueves, 7 de diciembre de 2017

El nobel Kazuo Ishiguro defiende el cómic y escribirá uno


El Nobel de Literatura de este año, el británico de origen japonés Kazuo Ishiguro, ha defendido este miércoles en Estocolmo la validez de cualquier forma de narrativa y ha reconocido su deuda con el cómic, que será además uno de sus próximos proyectos.

"Hay que explorar todas las formas de contar historias", ha afirmado en rueda de prensa el escritor, que planea escribir un cómic tras ser contactado por una editorial estadounidense.

Los mangas que recibía de su abuela

Ishiguro ha recordado que ese interés le viene de las cajas con manga que su abuela le enviaba de Japón en su infancia y calificó ese estilo de cómic como "una de las grandes contribuciones a la cultura universal" del país nipón.

"Es algo único, tienes que dejar tantas cosas fueras: escoges dos o tres momentos y el resto queda para la imaginación del lector. Ha influido en mi forma de escribir, que es un poco así", ha afirmado Ishiguro, quien piensa también en un libro sobre la inteligencia artificial y su influencia en nuestras sociedades.

Entre dos culturas
El autor de 'Los restos del día' (1989), que se mudó con su familia al Reino Unido cuando tenía cinco años, reivindicó las ventajas de crecer entre dos culturas, a la vez que agradeció las reacciones en Japón tras serle concedido el Nobel de Literatura.

"Me sentí muy emocionado cuando me contaron cómo recibieron la noticia. Esperaban que se lo dieran a Murakami y sufrieron una breve decepción, pero cuando se enteraron de que yo había nacido en Japón, muchos aplaudieron", señaló.

Haber nacido en Nagasaki -una de las ciudades japonesas sobre las que Estados Unidos arrojó una bomba atómica en la segunda guerra mundial- hace que la cuestión nuclear tenga especial importancia para él, de ahí su alegría por que el Nobel de la Paz haya ido a la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN).

Amenaza atómica y 'brexit'
"Me sorprende y me preocupa que muchos creyeran que la amenaza atómica desapareció con el fin de la guerra fría, cuando todavía hay tantas armas y sin control", admitió.

Ishiguro se refirió a la victoria del 'brexit' en el referendum del Reino Unido como "una tragedia" y "un gran error" y sostuvo que los británicos deberían tener una segunda oportunidad, porque se "ocultaron" las consecuencias reales de la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE).

La rueda de prensa se ha celebrado, como es tradición, en la sede de la Academia Sueca, que se ha visto salpicada estos días por los escándalos de abusos sexuales y filtraciones que afectan al marido de una de sus miembros y que han generado duras críticas en Suecia.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El cómic español se resiste a olvidar


Con cinco años, su padre había acompañado de madrugada a su abuelo al cementerio, donde veía el camión de los prisioneros republicanos -“tristes, sucios, con la mirada perdida”- antes de oír la ráfaga de la ametralladora franquista. Después de los fusilamientos, aquel chaval, por algo de dinero, sacaba y desmontaba esqueletos de los ataúdes de nichos que había que vaciar y guardaba los huesos en sacos que arrastraba a la fosa común. “Él mismo se sorprendía de no haber sentido nada entonces. Era tanta el hambre... Esa escena me hizo pensar en el dramatismo de mi abuelo mirándole y pensé en mi propio hijo. Que nunca tenga que verle haciendo algo así”, explica Francisco, que ha entrelazado su propia vivencia con la memoria familiar de la guerra civil, para transmitírsela, en ‘Espacios en blanco’ (Astiberri), su brillante regreso al cómic. 

El álbum más personal de Miguel Francisco coincide con una nueva entrega de 'Paracuellos', la octava, de Carlos Giménez. Se titula 'Las madres no tienen la culpa' y en ella el veterano dibujante continúa su aclamado fresco de la posguerra contando historias de su infancia como niño en un hogar del Auxilio Social franquista. Ambos cómics se suman a la nueva edición, mejorada con un nuevo formato, de ‘Cuerda de presas’ (Astiberri), una obra que sigue viva desde su publicación hace 12 años y cuyos relatos de ficción se basan en la dura, oscura y silenciada represión franquista de las prisioneras republicanas. Todos se añaden a la sólida y premiada recuperación de la memoria de la guerra civil y la posguerra desde la viñeta que en los últimos años vienen abonando, la mayoría con relatos familiares, autores como el propio Carlos Giménez, Jaime Martín (‘Jamás tendré 20 años’), Antonio Altarriba y Kim (‘El arte de volar’ y ‘El ala rota’), Sento (‘Dt. Uriel’), Paco Roca (‘Los surcos del azar’), Felipe Hernández Cava y Bartolomé Seguí (‘Las serpientes ciegas’) o Miguel Gallardo (‘Un largo silencio’). 

Este interés tiene mucho que ver con cómo sorprendió a Francisco un robusto finlandés, en un bar de los suburbios de Helsinki: “¡Pobres españoles! ¡Siempre pensando en el pasado! Todas las heridas abiertas y nunca con tiempo para curarlas. Lleváis marcadas a fuego historias del pasado que no podéis olvidar”, le soltó. “Y seguimos así –asume el dibujante-. No puedo entender que haya gente que diga que hay que olvidar la guerra civil pero diga que no olvides la reconquista o la guerra de secesión. Las heridas se infectan si no limpian y estas están infectadas desde siempre. La ley de memoria histórica no funciona con el PP ni lo hizo con el PSOE. 5.000 personas siguen en las cunetas”. 

Las cárceles de mujeres
En la misma línea opina Jorge García (Salamanca, 1975), autor de ‘Los dientes de la eternidad’ (2016). Al abordar el guion de ‘Cuerda de presas’ sintió “que existía una deuda cívica con esa gente que había sufrido tanto y que fue fundamental para construir la democracia. En este país ha habido una desmemoria muy grande a favor de un bando”. Precisamente, el Ayuntamiento de Barcelona ha convocado el pasado noviembre un concurso para erigir un reivindicado monumento que recuerde la existencia de la cárcel de mujeres de Les Corts, una de las que aparecen en el cómic.

Para el dibujante Fidel Martínez (Sevilla, 1979), que transmitió a las páginas de ‘Cuerda de presas’ un doloroso y potente estilo expresionista, “la memoria es lo único que tenemos para reivindicar y pedir justicia para esas personas que fueron víctimas de la barbarie de la guerra civil. Hay que hacer que el pasado perviva y acercarlo a las nuevas generaciones. Tomar nota de los errores e intentar que no se repita”. 

Violaciones, torturas y robos de bebés
Ambos dieron voz a las mujeres represaliadas. “Leyendo testimonios y documentación me recuerdo llorando. Lo pasé mal –admite García desde Tenerife, donde vive desde hace 12 años-. Con todo ello hilvané relatos de ficción pero una presa política, María Salvo, me dijo en una charla en una biblioteca que no me había inventado nada, que todo eso había pasado en la realidad”. Se refiere a violaciones, a una cotidianidad de hambre, enfermedades, fusilamientos, humillaciones, represión, torturas dignas de la Gestapo, separaciones de madres e hijos y robo de bebés. 

La idea le vino a García cuando halló en una biblioteca un CD de música de la guerra civil, ‘Dones del 36’, del grupo Maquis, que rememoraba un concierto secreto que las prisioneras de la prisión de Ventas de Madrid hicieron una noche de 1948 en los lavabos,momento que recrea uno de los relatos del libro. “Aquella imagen me golpeó. Me pareció una metáfora muy bonita, las ventanas enrejadas, la música que hablaba de libertad escapándose de la cárcel por aquellos barrotes. 

Por su parte, en ‘Espacios en blanco’, Miguel Francisco, que supo que tenía que dibujarlo al morir su padre y nacer su hijo, revela todo lo que pudo saber sobre su abuelo. “Siempre, durante 40 años, guardó silencio. Fue tal el miedo en la dictadura que solo averigüé que para evitar ir la guerra del Rif se marchó siete años a Argentina, Uruguay, Cuba... y volvió para la proclamación de la República, en 1931. Que tuvo relación con comités revolucionarios y era de la CNT, cuyo carnet llevó encima toda su vida, no sé si por romanticismo o por rebeldía”.  

Ahora, el dibujante sigue compaginando su trabajo en videojuegos con el cómic en su tiempo libre. Ya investiga cómo llevar a la viñeta el paso de seis tíos de sus padres por el campo nazi de Mauthausen. 

Futura memoria histórica en viñetas

De Mauthausen surgirá probablemente el próximo cómic de Miguel Francisco. "Buscando información descubrí que de la familia de mi madre, que nunca se implicó políticamente, estuvieron en el campo nazi cinco de sus tíos. Y uno de mi padre. Solo murió uno allí. Otro volvió andando a España", revela el dibujante, que ya ha presentado a su editor francés otro proyecto sobre las fosas de la guerra civil. 

Un tema este, el de las fosas, en el que también indagará Jorge García, quien además de diversificarse en trabajos como ‘Myrdin’ (de corte fantástico), la historia del bandolero australiano Ned Kelly o un homenaje al periodismo de Ryszard Kapuscinski, ultima algo más oscuro: un guion sobre el franquista fundador de la Legión, José Millán Astray, de cuya boca salió aquello de “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!». Augura que el lector sentirá incomodidad al leer sobre “este personaje brutal y amoral, que exuda mal”.